Derechos Animales, Humanos y Nohumanos

Derechos Animales, Humanos y Nohumanos

El Experimento

Aterido de frío, el profesor Thomas caminaba en círculos dentro de la pequenia jaula. Cada tanto se aferraba a los barrotes y, en vano, pedía a gritos que lo liberaran.

En el lúgubre laboratorio montado en el sótano del edificio, su desesperada súplica parecía no conmover al reducido grupo de científicos que, ajenos a su clamor, continuaban enfrascados en sus rutinarias tareas.

Un escalofrío recorrió su espalda al ver, esparcido sobre la fría mesa de acero, el arsenal que tantas veces el mismo había utilizado: escalpelos, bisturís, fórceps, agujas, pinzas y sierras ya no eran ante sus ojos simples herramientas de trabajo sino sofisticados instrumentos de tortura.

Minutos más tarde, el hombre de overol verde, entreabrió la puerta de la celda y con un certero movimiento le rodeó el cuello con su lazo y lo sujetó con firmeza, mientras otro le clavaba en el brazo la jeringa que diseminaría en sus arterias el líquido verdoso.

Primero un intenso calor arrebató sus mejillas, después una especie de hoguera interior amenazó con consumir sus entranias y un dolor lacerante sacudió su cuerpo hasta que espantosas convulsiones terminaron por doblegarlo.

Abatido y tembloroso, se recostó sobre el mugroso camastro y, ya sin fuerzas, observó a los hombres de guardapolvo blanco que, pizarra en mano, describían sus reacciones con números y palabras.

A juzgar por el entusiasmo dibujado en sus rostros, el resultado de la prueba había sido satisfactorio. Thomas presintió que, alentados por el progreso de la investigación, no dudarían en someterlo a otros tormentos, aún peores que los que le habían infligido los últimos días situs poker indonesia.

Fracasó en su desesperado intento por convencerlos argumentando que, gracias al avance tecnológico, la experimentación con seres vivos ya no tenía justificación alguna. ¿Quién creería en las palabras del que fuera el más acérrimo defensor de estas prácticas? ¿Quién daría crédito a un hombre que a lo largo de su extensa carrera había denostado a los que desde la vereda opuesta y valiéndose de un procesador realizaban simulaciones mucho más precisas e incruentas que estos macabros experimentos.

-Como usted nos explicó tantas veces, profesor Thomas, esos métodos requieren una gran inversión de tiempo y esfuerzo. En cambio, ya ve, con el procedimiento tradicional, en pocas horas pudimos precisar su reacción al inmunógeno y así ocurrirá con el resto de los experimentos programado. No se imagina lo mucho que hemos progresado en estos días a pesar de su falta de colaboración.

Por qué no utilizan animales como veníamos haciendo?-. Inquirió a pesar que de antemano conocía la respuesta.

-Usted sabe profesor que no es lo mismo-. Respondió el hombre con sonrisa socarrona. –Estaba en lo cierto cuando decía que no es igual un perro que un gato o un ratón que un hombre o una mujer. En la última fase del proyecto, debemos valernos de seres humanos. Y si el egoísmo no le impidiera ver más allá de sus narices, en vez de pasarse el día lamentándose de su suerte, colaboraría con nosotros y nos facilitaría muchísimo las cosas, describiéndonos sus síntomas con mayor precisión. Usted me decepciona; al fin de cuentas se ha comportado como un vulgar cobayo, incapaz de apreciar el beneficio que esto significa para el desarrollo científico por el que tanto usted mismo ha luchado.

Al caer la tarde, los electrodos conectados a su cabeza producían descargas eléctricas que lo mantenían en vigilia cada vez que el suenio lo dominaba.

Thomas se maldijo por haber sugerido a la agencia, poco antes de su retiro, escoger entre los habitantes de la comarca a los futuros sujetos de experimentación en la fase humana. Entonces no imaginó que sus propios discípulos convencerían a las autoridades para que él fuese uno de los elegidos con la pueril excusa de que sus conocimientos servirían para que describiera mejor que nadie los síntomas y las reacciones que experimentase.

No podía apartar de su mente el recuerdo de aquella noche en la que varios uniformados llamaron a su puerta y sin pronunciar palabra lo introdujeron en el vehículo que lo trasladaría al laboratorio.

A la maniana siguiente, cuando sus colegas lo encontraron en la jaula y lo saludaron con indiferencia, supo que su destino estaba sellado. Desde entonces, sólo rogaba que la muerte sobreviniese con rapidez, aunque intuía que la dificultad de conseguir sujetos experimentales sin generar mayores sospechas, obligaría a los investigadores a prolongar su ahora miserable existencia para utilizarlo en la mayor cantidad de estudios que fuese posible. Según los protocolos que él conocía a la perfección, a las investigaciones sobre las etapas del suenio seguirían los ensayos dirigidos a estimular y aislar los centros del dolor, del habla, de la memoria, el umbral de tolerancia al frío y al calor, la reacción a la hambruna, los efectos de algunos alimentos en etapa experimental, la alteración genética de sus células, el desarrollo de tumores inducidos, las pruebas de vacunas y medicamentos todavía no utilizados en mamíferos y una serie de ensayos que abarcaban diversas ramas de la biología y otras ciencias afines.

Cómo se siente profesor?-. Le preguntó una de sus discípulas al verlo maltrecho después del último ensayo.

El gesto piadoso de la joven a la que en más de una ocasión había reganiado por ceder a sentimientos como ese que en nada contribuían a la investigación, logró conmoverlo.

-Siento un dolor punzante aquí- Respondió colocando la mano sobre el pecho. -Y las piernas no me responden. Verás que ya no puedo mantenerme en pié-. Confesó apesadumbrado.

La muchacha extrajo una lapicera del bolsillo del guardapolvo y escribió en la pizarra: “10 am: El sujeto acusa dolor en la zona intercostal derecha, claudicación de sus miembros inferiores con imposibilidad de recuperar la postura vertical; se advierte decaimiento anímico asimilable al de otras especies sometidas a idénticas rutinas”.

Thomas dio un vistazo a la vitrina atiborrada de envases que atesoraban vísceras como si se tratase de escabrosos trofeos. Pronto sus órganos serían catalogados y resguardados del devenir del tiempo en el interior de esos frascos para que futuras generaciones pudiesen analizarlos. Solamente a eso y quizá a una placa de bronce a la entrada de un aula, se reduciría su póstumo legado.

Por algún motivo que no alcanzaba a comprender, la última noche le retiraron los electrodos de la cabeza y pudo conciliar el suenio sin interrupciones.

Al cabo de unas horas, despertó sobresaltado por sus habituales pesadillas.

Una mano cálida y familiar enjugó el sudor de su frente.

-Ya pasó, ya pasó-. Susurró la voz tan familiar y cálida como la mano que lo acariciaba.

Thomas abrió los párpados y paseó la mirada por el lugar. En su letargo le costó reconocer su propio cuarto, su propio lecho, su propia casa.

-Tuve pesadillas espantosas-. Comentó restregándose los ojos.

-Ya pasó, ya pasó-. Repitió su mujer a modo de consuelo.

-Sonié que estaba encerrado en una jaula, sin poder percibir la luz del día. Necesito asomarme a la ventana y ver el amanecer.

-Temo que no sea posible-. Lo interrumpió ella, mostrándole la cadena que le sujetaba el tobillo al barral de la cama.

-Entonces…-. Musitó Thomas, perplejo.

-Decidieron que pasaras una noche en casa. Tomaron recaudos para que no te fugaras. Ignoro si esta visita es parte del estudio; dijeron que tu comportamiento es hostil y acaso unas horas en el hogar te traerían un poco de sosiego-.

La mujer hizo una pausa.-Ahora debemos despedirnos porque han vuelto a buscarte-. Agregó resignada al oír el motor de la camioneta negra, la misma que días atrás lo había transportado al lúgubre laboratorio.

*Fuente: Texto de Carlos Alfonsín

**Las letras “enie” en este texto han sido deliberadamente suprimidas en repudio a la matanza de perros a pedido del Congreso de la Lengua Espaniola en Rosario, Santa Fe, Argentina de Octubre y Noviembre de 2004.